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Ana Míriam Peláez

Un planeta que flota,

en un estanque, suspendido

un planeta que es gota

y dentro de ella, un mundo florido

 

               ciclos atemporales:

semillas que en sí, son flor

de hojas y pétalos en sí

estanques de calor.

 

Toan Jóse Catelao.

 

               Ana Míriam, con su obra, siempre nos ha revelado un constante diálogo interior donde la naturaleza y el sueño, parecen estar en una eterna gestación alimentada por el deseo y la nostalgia del origen de lo absoluto.

 

               Como Levi-Strauss manifestara: en la creación de mitos, el hombre sobrevive como una especie pensante y social, pues a través de ellos el comprende el sentido del mundo y lo experimenta en una forma coherente.

 

Guillermo Sepúlveda.

 

 

 

ÁNIMA VEGETAL

Por Graciela Kartofel, México, D.F. Abril, 1992.

 

 

Sus cuadros, son el lugar donde sueña la pintura...

 

               Hace más de dos décadas, cuando comenzaban a proyectarse con fuerza, irreverencia y originalidad las obras de arte efímero, se levantaron voces, se escribieron notas y hasta libros declarando <la muerte de la pintura>. Revisando los capítulos de la historia advertimos que, continuamente, cada nuevo movimiento artístico pretendía ser la verdad única, sin embargo, aunque en apariencia hayan perdurado imágenes, de casi todos lo que ha perdurado son fragmentos de sus estructuras sólidas. Las obras de arte que han trascendido lo han hecho manifestando <estructuras> en el doble vector de <lo artístico> -técnica, material, imagen, permanencia y ruptura, situación epocal- como de la <personalidad> del autor.

 

               La obra de Ana Míriam Peláez (México DF, 1966) revela que ni la pintura ha muerto, ni está olvidada por los de edad más fresca. La pintura se manifiesta en sus cuadros. La madera como soporte en los pequeños, la tela y el papel en los medianos, a cada pincelada reviven la poética pictórica. Situándonos en una atmósfera húmeda -como desde detrás del globo ocular, desde dentro del vidrio que contiene aceite de linaza y desde abajo del océano-, nos permite ver pequeñas escenas trascendentes. Llamémoslas paisajes, naturalezas muertas, rincones, escenas de interiores, semifiguración, figuración estilizada, visiones del fondo del mar..., son eso y más, son apasionados y tímidos equilibrios de dos seres: Eros y Tánatos, léase: Ella y la Pintura.

 

               Cual visiones de dos mundos interiores que han sabido relacionarse, los espacios íntimos de la autora y los de la pintura establecen vasos comunicantes, eso son las líneas delgadas o más gruesas, reconocibles <conductores> que no dan un trazo recto y riguroso sino que tienen sus vaivenes hechos de certeza y de dudas. Porque están trazados a mano, sin regla, llevando en su interior emociones-óleo, seguridades y temores del artista, por reflejar una densidad matérica propia de los flujos orgánicos, esos tallos-líneas-vasos comunicantes revelan los paisajes interiores de Ana Míriam, quien a la par, sabe escuchar lo que el pincel y el color le relatan acerca de cómo son los paisajes interiores con los que sueña la PINTURA.

 

 

 

 

EL VIVERO DEL PAISAJE

Por Jaime Moreno Villarreal.

 

 

               La virtud del cuadro, donde el silencio ha crecido como un bosque, procede de un orden adaptado a la naturaleza. La pintura de Ana Míriam Peláez preserva las imágenes del paisaje en composiciones orgánicas que son musicales. Pronto, el espectador descubre en sus cuadros que el silencio germina porque la constitución interna de cada volumen respira el paisaje.

 

               Hay que oír estos cuadros henchidos de silencio. Lo primero que se impone es el color, espontáneo y emotivo. El color está manando, puede verse cómo surge a la presencia, y cómo de él brota el vivero del paisaje. Ana Míriam Peláez no duda en relacionar su pintura con el abstraccionismo lírico que desemboca, como en la pintura de Lilia Carrillo, en la fragilidad de la figura. La flor, que asciende de lo hondo, luz interior que alcanza el vuelo del pájaro, brota a la síntesis de la verdad abstracta de la pintora: su verdad es la metamorfosis.

 

               Cada cuadro es una represa donde el fondo de realidad adviene hacia el espectador. No hay que buscar la solidez de la imagen ni mucho menos la descripción. Las imágenes solo se clarifican en el interior del espectador, en su trabajo de contemplación. La metamorfosis, pues, no se restringe a la transfiguración plástica: nos toca, nos mueve, nos transforma.

 

               Al conversar con Ana Míriam Peláez, surgieron a la plática dos palabras: el limbo y la duermevela. La artista reconoció en ambas una noción que concierne a su pintura. Es el hallarse "entre". Ya sea entre la tierra y el cielo, o entre la vigilia y el sueño, esas palabras son la premonición de l que el espectador hallará en sus cuadros. En la naturaleza y el paisaje, yo por mi cuenta añadiría un tercer término que nombra la sensación de frescura que experimenté al contemplarlos: el rocío. Rocío es casi una bruma, pero de brillo; es casi una lluvia, pero de sol; es casi estar "entre", pero es estar "en".