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Estela Hussong

Estela Hussong
"El Despertar"

Hay pinturas que ofrecen la apariencia del sueño y pinturas que ofrecen la apariencia de la vigilia, como si  fueran  realidades alternas e incontaminables. Sin interponerse en su discrepancia, hay otro tipo de pinturas que ofrecen la apariencia del despertar.  A este orden pertenece la obra de Estela Hussong.  De ese jardín con sus flores. Sus naturalezas muertas consisten de brotes del tallo, de la hoja, de la flor o el fruto. Para que el despertar sea un acontecimiento de vida real, ocurre en la aspereza y el marchitamiento, en el desierto.

Estela Hussong vive y trabaja en las afueras de Ensenada, Baja California, en una situación laminar entre el desierto y el mar. Imagino que en ese límite la luz es exhaustiva y permite apreciar el cambio incesante en la naturaleza. Un solo cambio bien observado evoca un mundo complete. La artista copia de sus plantas de maceta, corta flores de su jardín domestico y las tiende sobre su mesa de trabajo en varitas o manojos. Sus plantas parecen estar vivas y al mismo tiempo parecen estar muertas. Esto, en función del gran detalle, pero también  de una serenidad trémula. La artista transcribe mutaciones dejándose llevar, su detenimiento es una forma de movimiento. Los entrelazamientos vegetales, de vástagos, retoños, codos, sarmientos, son nudos de vida y muerte. El despertar entre el sueño y la vigilia no es ni abandono ni corte, sino anudamiento.

A este respecto es notable que la amapola sea una de las flores que más atrae a la artista. Ella pinta la amapola gris. La amapola Silvestre crece en México a orillas de las carreteras, muy quitada de la pena. Llamada también "adormidera"-nombre que señala su atributo luminar-, esta planta opiácea despierta la mente a otras sensibilidades y visión. Si hay un despertar del sueño a la vigilia, subrayemos que hay también un despertar al sueño  y un despertar a la visión. El alma puede estar aun mas despierta en el trance que en la vigilia. Hay formas superiores de atención. Contemplación mediante, Estela Hussong logra el despertar.

Entre tanto, el viento pasa ovillando polvo y pajas, perseverando en el transito como las piedras en la inmovilidad. En el entorno, la situación intermedia se multiplica, pues el paisaje de Ensenada, de desierto, de mar y montaña, linda con el clima mediterráneo de tierras aptas para el cultivo de la vid. Sequedad y jugos se penetran. En la pintura de Hussong la naturaleza es austera, pero muy próvida al acceso de los sentidos. Su jardín de pensamiento a veces consiste de ramos salvajes, a veces en estudios de hojas de higuera, a veces de fructificaciones; pero siempre con u n trazo característico en dirección diagonal ascendente. Esto favorece los ritmos de viento que parecen de raizar un reposo de matas. Un millar de formas se conducen a un solo nacimiento: eso es el desierto, que aquí se vuelve pintura. La aventura de atravesar el desierto consiste en ser el caminante a su vez atravesado. Quien regresa del desierto está limpio de imágenes.

La diagonal compositiva que acentúa la angularidad del cuadro sugiriendo arranque o arrebato, suele complementarse en la visión de la pintora con una dirección o sin fin de guías alternas, ya horizontales y terrenos, ya nuevamente diagonales pero en sentido inverso. En ambos casos, la sensación es la de un apaciguamiento del empuje. Y aun la sensación de una genuflexión, articulaciones que se doblan, hinojos.

"Hincar" se dice también del acto de plantar. Estela Hussong trabaja con plantas de su jardín, endémicas de Baja California. La artista regreso hace veinte años a fincar en su tierra natal. Hincar, no es necesario insistir en esto, es también fincar. Pero la genuflexión a la que me refiero es la del jardinero, quien efectivamente se pone de rodillas para laborar en los macizos de flores o en los bordes del césped. No puedo pensar en otro oficio que exprese con tal elocuencia en postura y aplicación un cultivo- a no ser el oficio de los padres que se hincan al atender a sus hijos pequeños. Ese cuidado lo encuentro en esta pintora. En la dedicación a la flor uno se deshace de cuitas, de cuidados, brindando solo eso: un cuidado, un cultivo. Al pintar la planta Hussong la está pensando, y piensa con ella todas las plantas, y piensa con ella al ser vivo.

La vida se echa a rodar. Esa es la memoria del viento en tanto arrastra las brozas y la arena. El racimo de diagonales impone un ritmo interior que despereza el giro. Cada corolla, cada torcimiento de un vástago, cada hoja que se lleva el aire, es todo aquello que se ha puesto a rotar con el mundo. Giro: movimiento que entraña al cosmos. Estela Hussong está pintando el jardín de todas las cosas. Sus plantas no son símbolos; ni son el dibujo botánico que premia a la objetividad minuciosa. Tampoco son la flor única y perfecta, la idea de la flor. Ni en su ideal ni en su apariencia: la artista capta las plantas en su vibración. Si se contrastan las naturalezas  muertas con los paisajes de esta pintora, se verá el registro más patente de esta cualidad. Los paisajes trasladan en un efecto casi de bulto una infinidad de vibraciones. Ahí se despierta el instante.

En la pintura de Estela Hussong el despertar marca, más que un parpadeo, un renacimiento. Cada cuadro, instante de instantes, prolonga o hace brevísimo un equilibrio. Ante sus imágenes, la contemplación se afirma. El instante del encuentro ha llegado.

Jaime Moreno Villarreal

 

EL ARTE DE ESTELA HUSSONG
Una sensible evocación de la originalidad en la sencillez
Roberto Rosique

Cuando dirigimos la mirada al arte de hoy en día, la saturamos inexorablemente de imágenes que impactan por segundos, para desvanecerse y de manera irremediable pasar, en su mayoría, al recaudo del olvido. Será por la trivialidad, o la complejidad visual y conceptual que las conforma o por su incomprendida fugacidad y osadía, tal vez la inmediatez de su juventud que impide una lectura justa, o será quizá por la ausencia de la factura sometida al trazo, a la composición, al juego cromático, al truco representacional que el oficio pertinaz brinda y de manera particular encontramos en el dibujo y la pintura. Tal vez por ello también a menudo volvemos la mirada ansiosa de toparla con estas formas retinianas y así, regodearnos de las evocaciones que estos procesos creativos dejan implícitas en sus productos, que pueden ser desde reflejos de una personalidad, la osadía de la recreación cuya marca original la distingue, o el gesto sin narraciones de la abstracción, hasta el entrañable juego (cómplice) por dilucidar que transcurre en la imaginaría del artista mientras produce y éste, consciente de ese reto colma la obra de sugerencias. Causas, sin duda, implícitas igualmente en el arte actual, pero que tal vez cuando el pigmento y los pinceles son los protagónicos, conciliamos la idea -con mayor facilidad- con este género. Por un lado, entonces, tenemos la necesidad de un arte sin ataduras, que en la explosión de su libertad, invite a reflexiones y por otro, un arte apegado a normas del pasado que en la manera de afrontarlo, el compromiso a renovarlo lo signifique, reclamando así, su justo posicionamiento dentro lo contemporáneo. En estos tiempo globalizados, lo incluyente se vuelve axiomático y lo tolerante una actitud inevitable.

Detener la mirada en las placidas obras de Estela Hussong es rememorar, en primer término, el íntimo quehacer del dibujo y esa consecuente solidez que lo planta emancipado ante la pintura, y en donde también esta última, enaltecida, pugna por su soberanía más por tradición que por derecho. Es decir, la solvencia de un trazo firme en el dibujo, la filigrana del detalle con la paradójica economía de recursos, hace de sus temas botánicos -de esta exposición- expresamente escasos (amapolas, higueras, olivos, nísperos) más que una ilustración enciclopédica, una sensible evocación de la originalidad en la sencillez, que no requiere, además, de cromatismos para la autosuficiencia, y por otro lado, una pintura que se enseñorea por darle relevancia a la simplicidad de los temas a través de la mesura del color, de las atmósferas recargadas de trazos sutiles y elementos dispersos de la misma naturaleza, otorgándole cierta fragilidad y una aparente complejidad que obliga la mirada del escrutinio, y si bien, la figuración es intencionada, hay en esa madeja de líneas una subliminal abstracción que conmina a lecturas múltiples.

Si el tema (de esta muestra) es una circunstancia afortunada en la obra de Estela Hussong, y aunque podría afirmarse que no hay esencia forestal ni planta comestible o dañina que, por sus frutos, su forma, su color haya dejado de ejercer influencia en las costumbres y pensamiento del hombre; ni hay tampoco que extrañarse de que éste, en su propensión a encontrar una explicación a cuanto escapa a su conocimiento, le atribuya virtudes de algún poder oculto; los dibujos y las pinturas de esta artista, no buscan desentrañar cualidades o características propias de la herbolaría o cualquier atributo mítico, sin embargo, Estela se empeña en demostrar la "aparente" fragilidad, simplicidad y exquisitez de lo que traza y colorea, como una manera puntual de hacernos ver ese universo que a la mirada común pasa desapercibido. En el caso particular de los dibujos, la línea segura, la meticulosidad del detalle cuidadosamente realizados sobre el delgado soporte que en su gran mayoría los contiene: el papel de arroz, hacen aún más sutiles las piezas, y en las composiciones al óleo o al temple sobre tela o madera, la firmeza del trazo empleado no se contrapone a la delicadeza de los pintado.

A la mirada atenta de la artista (por desentrañar de su entorno motivos que incitan a su representación) le da igual la más insignificante rama o arbusto, una flor o un simple fruto, o esa piedra olvidada carente de gracia para muchos, Estela encuentra en ellos suficientes elementos para hacernos ver que en las cosas pequeñas (en apariencia) la naturaleza desborda también su grandiosidad. Los arrebatos de un arte grandilocuente, escandalosamente colorista no siempre complacen los sentidos o motivan reflexiones. En las cosas menores -parecen sentenciar con insistencia las obras de las artistas- se pueden esconder tantos valores como deseos de encontrarlos tenga el espíritu.

Otra línea más se distingue en la obra plástica de esta artista bajacaliforniana y es el equilibrio guardado en las series de sus propuestas estéticas, (amapolas, troncos, frutos, piedras, etc.), es decir, la suficiencia de una obra aislada y la coherencia de la serie misma, que en palabras de la autora "son como piezas de un rompecabezas" que se forme policromía, los amplios espacios sin figuras son características que crean un patrón y nos induce a encontrar en las extensas series un sentido preposicional, coherente. El trabajo, por tanto, de esta autora mantiene la misma consonancia y notabilidad en una obra solitaria que en su conjunto.

Tanto el dibujo como la pintura de Estela Hussong, saturadas de afirmaciones por la importancia de la simplicidad, incita a confrontarla con la obra convulsa y efímera del presente, no para que se invaliden mutuamente, sino para entender que la libertad creativa que justifica al arte, no únicamente debe admitir su convivencia, sino el derecho de aceptarse desde cualquier ángulo que se mire, ya sea por la oferta misma o de manera particular, por la calidad de lo ofertado, aunque este último atributo parece que ha dejado tiempo atrás de ser preponderante en el arte contemporáneo. El arte de Estela es pues, desde esta perspectiva, una tregua obligada en el azaroso universo artístico de hoy en día, un arte que fundado en la sencillez (como eco de las equivalencias de valores) reclama con una razón justa el reconocimiento de su actualidad.