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Marcela Villalobos

La Seducción del Paisaje

Por Guillermo Fadanelli    

 

               En cuanto un artista ha encontrado, descubierto, los cuaches a través de los que se desarrolla su estilo, puede estar seguro que ha recorrido más de la mitad del camino. En el estilo uno encuentra las posibilidades de la libertad artística, pero también un posible camino hacia la soledad. El caso de la elección temática es diferente: el tema es un pretexto para que el estilo se desarrolle. Puede ser elegido al azar, puede tratarse de una arbitrariedad psicológica e incluso puede estar sujeto a los cánones de la moda. Sin embargo, requiere de la puntualidad del estilo para tomar relevancia. El que Marcela Villalobos se incline por el tema del paisaje podría prestarse a diversas interpretaciones: o frente a la dispersión propia de la naturaleza del arte contemporáneo se cobija en el seno de una alternativa tradicional, o el paisaje representa para ella sólo una excusa para plasmar el sentido de su temperamento. Un ejemplo: en la serie de los pintores, la mayor parte de la superficie del cuadro ha sido creada a partir de una suerte de lóbrega paciencia: la silueta del contorno o el tronco apenas sugerido de la hojarasca parecen haber sido pintados desde la tranquilidad de un observador cuya mirada absorta se queda sólo con algunas impresiones: de hecho, el fondo de la tela no sólo nos describe un paraje o un horizonte boscoso sino también su posibilidad sicológica. No encontraremos en estos cuadros el afán científico de la descripción botánica. No se trata del retrato fidedigno de una naturaleza, sino de una aproximación intimista que se desentiende de la tradicional estampa paisajista. Cuando uno observa los paisajes desolados de Anselm Kiefer, o las llanuras alemanas que recreó a su vez Emil Nolde, se encuentra con descripciones que al sumar a la realidad el desolador sentimiento de la destrucción , o la violencia expresiva de la naturaleza, nos trasladan a un espacio intermedio entre el retrato y la abstracción metafórica. El paisaje ha representado siempre una constante seducción sobre el artista: tanto para aquellos que se mantuvieron al margen de la opción vanguardista, como en el caso de Dunoyer de Segonzac, coma para quienes hicieron de su pintura el motor de nuestra modernidad: pienso en los paisajes surrealistas de Max Ernst. Una de las constantes en la obra de Marcela Villalobos viene dada por la inclusión en la tela de alusiones a paisajes tomados de artistas célebres (Bruegel, Klimt, Sisley). A través de recuadros o ventanas que otorgan al lienzo una doble realidad, se nos permite ejercer el papel de testigos minuciosos. Desde la sorpresiva realidad de estas ventanas la artista nos remite hacia el detalle de una naturaleza distinta: lo que vemos es el fragmento de un cuadro famoso que al mostrarse como la representación de un paisaje extraño nos invita a entrometernos a un juego simbólico. ¿Se trata de una alternativa puramente visual o le detalle se manifiesta como una insinuación conceptual? No dudaría en responder que estos cuadros contienen ambas soluciones, no sólo la mano educada de la pintora se hace cargo de la responsabilidad plástica que supone representar a través del color, sino también somete sus cuadros al juego de la autorreferencia temática: el paisaje siempre será fragmento de un paisaje mayor. Esta afirmación supondría que el cuadro no se agota en una sola pieza sino que se extiende hacia otra referencia que a su vez la contiene: ¿no sería esa la naturaleza esencial de cualquier obra de arte?: La cita de la cita del comienzo del mundo. Para concluir esta mínima semblanza, me gustaría hacer énfasis en lo que considero la virtud más depurada en la obra de Marcela Villalobos: me refiero al notable equilibrio que existe entre el dibujo y el color de sus cuadros. Esa tonalidad velada que se apodera de la superficie de la tela, así como el elegante recorrido a través de los tonos intermedios, hacen posible la manifestación de una atmósfera onírica. La serie de cuadros nombrados a través de un color (rojo, amarillo, azul, blancos) son un buen ejemplo de mis palabras: el contraste que existe entre la intensidad proveniente de las ventanas y la melancólica sobriedad de los fondos boscosos, son de una atracción plástica indudable: los atardeceres rojizos o azulados que se expresan en medio de una flora sombría, o jardín luminoso que se abre paso entre una tela estampada de tonalidades ocres, nos revelan el talento de una excelente pintora.