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Franco Aceves Humana

PINTURAS APÓCRIFAS DE FRANCO ACEVES HUMANA

Por Juan Antonio Molina

 

            Franco Aceves Humana acaba de exhibir en la Galería Metropolitana, de la ciudad de México, una serie de pinturas y textos que fueron reunidos bajo el título Por una nariz. Con la colaboración del escritor Flavio González Mello, toda la exposición es una excelente parodia de los procesos, los discursos y los lugares comunes del arte contemporáneo. Con una serie de documentos apócrifos, cartas, cédulas, aclaraciones, notas al pie, información curricular falsa, se crea un perfil bastante verosímil de los múltiples alter egos que construye aquí Aceves Humana: Fulano, Mengano, Perengano, Zutano, Fulanita de Tal. No importa que las situaciones sean absurdas, las historias sean ficticias y las representaciones sean cómicas, al final constatamos que se trata de uno de los artistas más serios que trabajan hoy en la ciudad de México.

 

            Franco Aceves Humana hace un comentario crítico sobre el estado de las artes contemporáneas y sobre el funcionamiento de las instituciones artísticas. Con esto parece continuar una tradición que se remonta al siglo XIX y que ha mantenido a la actividad artística como uno de los campos privilegiados para la polémica sobre arte. De hecho, aunque toda la metodología de este artista tiene coincidencias con la irreverencia y el eclecticismo postmodernos, los valores fundamentales de su obra derivan de una sensibilidad modernista, dentro de la cual, el concepto de pintura como objeto autónomo (pero también como espacio privilegiado de la representación) sigue siendo fundamental.

Con un excelente dominio del dibujo, Aceves Humana explota al máximo las posibilidades del plano pictórico. Logra sacar especial partido tanto de los elementos gráficos y figurativos como de los matéricos. Juega con diferentes texturas y pigmentos, maneja distintas calidades en las superficies y alcanza un apreciable equilibrio entre el valor estético que posee la pintura por sí misma y toda la discursividad que la complementa.

Sin embargo, estas pinturas están todo el tiempo remitiéndonos a manifestaciones no pictóricas del arte contemporáneo. En la mayoría de los casos, refiriéndose a proyectos, acciones u obras tridimensionales, atribuidas a los distintos personajes-artistas inventados por Franco, y de los cuales Flavio González hace una fina caracterización literaria, en el catálogo publicado al efecto.

 

            Por su parte, también el pintor incorpora textos a sus cuadros, como elementos descriptivos y narrativos que complementan la pintura o como etiquetas informativas que simulan recursos museográficos. La relación entre textos y pinturas hace que cada uno de los cuadros aparezca como una especie de documento, una imagen de segunda mano, aparentemente sin pretensiones de artisticidad. Los cuadros evidencian tanto un énfasis en lo pictórico como un énfasis en lo textual, tanto énfasis en lo representativo como en lo documental, tanto deseo de expresividad como de conceptualización. Es una obra inteligente, no sólo por lo que dice y cómo lo dice, sino porque el instinto parece estar todo el tiempo bajo control, con esa especie de autorrepresión que a veces nos da la medida del nivel de racionalidad y conciencia con que se maneja un artista.

 

            Con ironía y sutileza, Franco Aceves Humana articula un discurso que se autosubvierte, dadas las implicaciones negativas que asume. Toda la irreverencia y la incorrección política de su obra tiene ese doble efecto: se autocritica al mismo tiempo que critica el exceso de discursividad del arte contemporáneo. En realidad, toda la obra está dirigida, por medio de la exageración, a hacer una crítica de los excesos. De ahí resulta el carácter caricaturesco de la representación.

 

            Podemos encontrar un rango de alusiones que va desde lo ecológico hasta la relación con el patrimonio cultural, desde el exceso de dramatismo hasta la insensibilidad o la crueldad, desde la desmesura en el contenido, hasta la vacuidad ideológica. En ese rango se ubica una supuesta "intervención" sobre un fresco pompeyano (Fresco, 2003) o la representación de una quema de llantas en una zona de reserva ecológica (Islote, 2003). Un cuadro, meticulosamente trabajado, muestra (¿propone?) la conversión de una zona arqueológica en un inmenso estacionamiento (estacionamiento, 2003). En otra pintura vemos como se derrama una cubeta de petróleo encima de un león marino (Foca, 2003). El texto que acompaña a la imagen, y que es una especie de ficha técnica de la misma, resume el absurdo y la crueldad de lo representado: "¿Qué estamos haciendo? Acción del artista plástico Mengano. Reserva de la Biosfera del Vizcaíno, BCS. Febrero de 2003. León marino californiano irritado, petróleo y chapopote".

 

            Por una nariz es una muestra que pone a prueba especialmente la autoridad de la figura del curador (en verdad, el título completo de la exposición sería: Por una nariz. Curada por Nelson Jairo de la Mora. Arte contemporáneo de Tizapán) al mismo tiempo que confronta al lenguaje de la crítica de una manera implacable. Todo lo que puede decirse acerca de una obra de arte contemporáneo está ya enunciado en las propias obras de Aceves y en los textos de Flavio González. De manera que entre las trampas que esconde esta exposición está la de apropiarse del lenguaje de la crítica y adelantarse al propio acto discursivo que la crítica debería proponer, anulando a priori (o tal vez reabsorbiendo de antemano) toda la estructura retórica e ideológica del ejercicio crítico.

 

 

 

COSAS DETRÁS DE LAS PINTURAS

 Por Cuauhtémoc Medina

 

         Voy al estudio de Franco Aceves y las cosas me asaltan. Para llegar a su departamento, cruzo de lleno ese torbellino de contradicciones que es el metro Chapultepec. Los millones sin automóvil abordan sus peseros y camiones justo a cincuenta metros de nuestra avenida más aristocrática. Islas de puestos de la comida mas insalubre taponean las puertas de un bosque donde transcurren las blancas infancias. La zona con más alta densidad de museos y galerías, y el acceso a las colonias tradicionales de las clases altas mexicanas, surgen cuando se ha traspuesto la aglomeración y vendedores ambulantes y el paso incesante de los empleados, obreros y estudiantes que tratan de salvar los diez o quince kilómetros que separan el trabajo del hogar. La letanía de los ciegos y tullidos pidiendo limosna está aquí enmarcada por el horizonte del incipiente sky line chilango y el perfil del castillo construido por Maximiliano y Carlota. Geográfica y socialmente este es el centro mismo de la ciudad de México.

 

            Parecerá absurdo, pero todo este ambiente me viene a la cabeza cuando contemplo el trabajo de Franco Aceves. No es que él copie en sus cuadros aquel crisol de paradojas -él es pintor, no cronista- perro no deja de haber una analogía. Sucede que en la pintura y el la actitud aparecen unidas, en una forma paralela al caos sonoro que es la vida de nuestras ciudades, cosas que la terca pureza hubiera querido separar. Su pintura es una colección de imágenes abruptas unidas por un cemento  volátil: el de su confluencia en la contemporaneidad.

 

            Sobre fondos planos más o menos uniformes, apenas matizados por las transparencias y filtraciones coloridas que se transminan desde las capas de pintura inferiores; sobre campos de azul sordo, rojo estancado o blanco brillante, Franco pinta objetos banales en sí mismos, pero que ya agrupados dejan una sensación de azoro y entendimiento. Precisamente porque se nos muestran fríamente enlazados y disectados sobre el plano pictórico, esos motivos despiertan en nosotros una comprensión que no requiere de interpretaciones trascendentes. En parejas y tríos casuales, surgen ahí pedazos de seres que nos son familiares: cacharros propios de nuestras casas clasemedieras, tan renuentes a la renovación y coherencia decorativas que dicta la moda; trozos de papel en donde han quedado suspendidas notas marginales como una lista de compras, los esquemas del conocimiento escolarizado o las bitácoras de los juegos de mesa; utensilios comunes como son los sacacorchos, las extensiones eléctricas o un mandil manchado; momentos como la foto de una abuela o las torpes estampas que retratan para los niños a los héroes patrios; alimentos crudos, como el canal de un cabrito, o ya preparados en forma de guiso, sopa o pan; cacharros simpáticos, como las lámparas sobre nuestras cabezas o la olla express que ponemos sobre la hornilla todos los días.

 

            Son cosas que atestiguan un entorno hibrido y transitorio, emblemas de un estilo de vida acotado en el tiempo. Al llevar al lienzo esos objetos "menores"  Franco inventa pretextos para preservar en las dificultades de hacer pintura, al tiempo que se niega a ser tomado con ese aire de solemnidad con que se le suele tratar a los pintores. Lo próximas que nos son estas cosas las hace capaces de representarnos en confianza, sin demandar para ello la construcción de historias o alegorías trascendentes. Franco habla del presente en esta precisa región del mundo, huyendo eficazmente de las visiones sobre las entrañas sacras de la nacionalidad, las autopsias del cuerpo posmoderno o los símbolos universales del hombre.

 

            Aceves es un enamorado de la pintura, que no duda en soltar uno que otro sarcasmo pictórico contra el prestigio de las obras instaladas u objetuales donde el ready made es parte esencial del vocabulario. Al pintar esta clase de objetos simples en ligar de traérnoslos del cuerpo presente se produce un resultado ambivalente. Por un lado, el cuadro acoge esas cosas heterogéneas y las redime de su banalidad, pues la pintura tiene algo de Midas y reparte en todo lo que toca un baño áureo. Por otra parte, nos las arroja desnudas ante los ojos con un gesto de ironía y irreverencia que no pretende, ni siquiera, volverlas íconos glamorosos a la manera de los artistas pop. Tampoco se afana en proveerlas de una ilusión hiperrealista, ni proyectarlas al pasado como sellos distintivos de alguna nostalgia.

 

            Franco Aceves hace justicia al título de su exposición: "Nada como cualquier cosa".  En efecto; nada hay tan significativo como esta "cualquier" cosa si se pertenece al terreno que aquellos habitan. Sin proclamarlo a voces, Aceves sugiere en estas oscilaciones algo del clima de nuestro estado cultural. Basta enunciar estos trastos, aquella hoya, aquella efigie broncínea, aquella lámpara y bolillo, para que al dotarlos de carácter con la pincelada evoquen un aquí y ahora. Le basta esa identificación puntillosa que coloca al lado de sus telas: "Pintura con lámpara y animalillo", "Pintura con banco, gato y regreso a clases" o extensión y fondo con "Doñas Josefas".

 

            Ciertamente, sus temas refieren a un mundo encerrado entre cuatro paredes, las de un departamento y una casa, las de una existencia que no se pretende superior a las demás. Pero estas no son las paredes impenetrables de los castillos, los diques de una fortaleza como la de la imagen romántica de la torre del sabio. El mundo que Franco Aceves pinta no es el de las evocaciones estables que suele suscitar la naturaleza muerta; ese bodegón inmarcesible, esa nutrición siempre fresca y segura en su abundancia preservada bajo el barniz o el vidrio. Sus imágenes están manchadas por el cochambre de muchas vidas; no quieren la plena originalidad pero tampoco imitar la creación ajena, ni aun aquella de las manifestaciones populares.

 

            Mas bien aspiras a decir "aquí estamos"; en esta modernidad indecisa en la que nos movemos los habitantes de la ciudad de México. De esa ciudad que algo tendrá porque, parafraseando la incomparable publicidad, veinte millones de mexicanos no pueden estar "del todo" equivocados. En las obras de franco se inmiscuye la calle, ya no por la ventana por la que nos asomamos, sino como un intruso que nos acompaña a pesar de que cerramos la puerta y sus cerrojos. Se nos cuela con el niño que compra sus "monografías" en la papelería para cumplir sus tareas escolares, con la bolsa del mandado, con la basura de ruidos y sensaciones que traemos en la cabeza. Y esa imagen "casera" no deja de tener una dosis de inquietud, una cierta violencia. Tienen razón las paranoias de las clases media y alta; no se puede estar del todo tranquilo incluso en nuestra propia casa.