Otto Cazares
Al principio para mí pintar escenas operísticas fue lo que para Goya y Picasso significó pintar y dibujar tauromaquias, esto es, pintar amorosamente u ofrendar capítulos visuales a la afición que profesaron diariamente.
Después fue convirtiéndose en una especie de catalizador en la que la necesidad de oír fue una modalidad de ver y en tanto que pintor, en una necesidad de hacer.
Comenzaron a fascinarme ciertos lances y audacias del tipo de las que realizaron el dúo magnífico Hugo Von Hoffmansthal-Richard Strauss que toman como fuente de inspiración una pintura de William Hogarth La recepción de la condesa, para escribir un genial libreto el uno y componer alegres polifonías pictóricas no menos geniales, el otro. Me refiero a la ópera "El Caballero de la rosa", naturalmente. 40 años más tarde el poeta W. H. Auden e Igor Stravinsky retoman nuevamente un ciclo de pinturas picarescas de Hogarth, The rake´s progress, para escribir una ópera homónima: "La carrera del libertino". Pongo los ejemplos anteriores porque quise adentrarme más en estas formas de creación en las que se da un maridaje armónico entre la fuente de inspiración, el libreto y la música. Así, igual que Auden y Stravinsky pero en sentido inverso, pinté un ciclo de pinturas de Don Giovanni: ellos fueron a inspirarse en Hogarth yo, en este caso, fui a Da Ponte y a Mozart.
Siempre he pensado que la ópera en tanto que Obra de Arte Total o mejor dicho, de intención totalizadora, es esencialmente lo potencial en búsqueda de la Forma para realizarse. A veces, sólo a veces ésta potencia adquiere forma en los teatros operísticos y desde luego su vehículo es la voz. Pienso que es siempre la potencia y la imposibilidad artística, el padecimiento de lo perfecto inalcanzable y el amor que el artista siente por esta imposibilidad lo que nos hace trabajar en obras. [...]
Esta imposibilidad de realizarse a cabalidad es lo que hace del artista hermano del criminal y hermano del loco, personajes constantes de la Ópera. Trato de dar forma, forma pictórica a esa potencia y pinto óperas. A un pintor como el francés Watteau cuyos principales intereses eran el amor y la música, le cuadra perfectamente aquella famosa definición que dio Pater de cierta pintura de Giorgione. Pater dijo "pinta el intervalo musical de nuestra existencia cuando la vida misma se concibe como un escuchar". Esa ha sido mi intención primera.
[...] Pintar un cuadro tan entrañable como una canción o como un aria. Y que se comunique ese canto: Rigoletto al final del primer acto se enmascara con una máscara ciega que le permite ser el cómplice involuntario del secuestro de su propia hija. Alguien que porta una máscara ciega se convierte, a mi parecer, en voluntad pura atravesada sin embargo por potencias que lo rebasan como el amor, los celos desenfrenados, la rivalidad inexplicable, el homicidio, el suicidio. Su voluntad pura se ve de repente convertida en voluntad de enfermedad.
La ópera ofrece un vasto repertorio de Voluntad de Enfermedad. Se podría decir que el lugar para verla es el teatro operístico. Los libretos abundan en historias que se ofrendan a la fantasmagoría personal del espectador siendo el pathos el verdadero personaje principal. De ahí que simpatice totalmente con el término de operópata. La constelación de los temas operísticos, no siempre, no pretendo generalizar por supuesto, es la de la miseria y la ridícula incapacidad, el escarnio y el ridículo público, lo trágico y su ridículo destino.
La pintura que pinta ópera o que pinta música debe pintarla como se pinta un retrato: la estructura psicológica y el pathos del retratado como constante y como variable, su obra (Lulú, Wozzek, Tosca, Tannhäuser, Trovador, el Tríptico, etc.) Como recursos, echo mano de simbología y emblemática, iconología e iconografías clásicas, así como otras mañas visuales que tenían los pintores en otros tiempos para narrar en pintura. [...] Te tocará a ti, por ejemplo, ver, sentir, opinar y si corremos con suerte, que con tus ojos oigas finezas de amor. [...] La ocasión de unir al público operístico-musical a la pintura y a ésta con la pintura me parece ya una justificación: si el público logra oír con sus ojos, pintura y ópera dejan de ser tradiciones distintas para llegar a ser, únicamente, obra con espíritu humano.
(Fragmentos de una entrevista para la revista ProÓpera)
Septiembre 2007







