Adriana Margain
Adriana Margáin es originaria de Monterrey, ciudad de la región fronteriza del noreste de México cuya pujanza económica la ha convertido en uno de los polos más importantes de desarrollo económico del continente americano. Sumada a este desarrollo se ha gestado una continua búsqueda de crecimiento cultural, reflejada en el surgimiento de instituciones promotoras, museos, teatros, escuelas y fundaciones, cuyo devenir se ha visto ocasionalmente interrumpido y otras no del todo aprovechado aunque, a la larga, le han conferido un espacio relevante en México y fuera del país.
De alguna manera, la obra de Adriana Margáin puede asociarse con la de Gerardo Azcúnaga por su sentido literario, si bien se inserta dentro de una tradición abstracta de formas más reconocibles. Su trabajo inevitablemente nos remite a una tradición popular por tu técnica, que se acerca al virtuosismo de lo artesanal, por la inmediatez de su obra, que parecería formar parte de la vida cotidiana desde el inicio de los tiempos, o por su belleza, que la ha convertido en punto de referencia en el imaginario colectivo.
A lo largo de su carrera, la artista regiomontana ha incursionado en una gran variedad de actividades; en exposiciones recientes, se han confrontado técnicas cuya división parte de nuestra apreciación, como es el caso de Alfarería y cerámica mexicana; tradición e innovación, que se presentó en el Museo de Cerámica Grimmerhus, de Dinamarca, en 2002; o en otros donde las casas más tradicionales de la industria de la talavera, como lo es Uriarte, han sido espacio de reflexión y creación, fusionando el objeto de uso cotidiano con la obra de arte.
La obra de Margáin nos abre puertas perdidas de la memoria y, sin proponérselo, nos remite al mundo prehispánico, donde la alfarería utilitaria, mística o suntuaria -que tenía características propias en cada grupo étnico y recreaba los espacios sagrados y domésticos- reproducía las actividades cotidianas, desde la vida intima y erótica hasta el parto, así como los juegos y el trabajo, o bien daba rostro y forma a las deidades. Sus grandes tótems parecen surgir de la naturaleza, pero de aquella domesticada por el hombre, donde la arquitectura y el paisaje se funden en armónica convivencia. Resulta interesante ver cómo la artista se desplaza con facilidad de las grandes dimensiones a la miniatura, y cómo ambas obras tienen potencialmente las mismas virtudes. Los tótems pueden surgir de una caprichosa forma que podemos asociar con objetos cotidianos, como candelabros o piezas de ajedrez, en tanto que las miniaturas, debido a su simplicidad, adquieren una elegante monumentalidad.
En Me miran vivir, obra de gran formato -180 cm de altura- realizada en 1994, encontramos un cuerpo de formas misteriosas que podemos asociar con formaciones bióticas, quizá vegetales, que no provienen del mundo real e inmediato, aunque cabría preguntarnos si el entorno desértico donde ella habita no podría generar formas tan caprichosas. Frutos, también de 1994, recurre a una vaga forma antropomórfica, en la que los redondos volúmenes superpuestos nos remiten a las Venus prehistóricas, cuya sinuosidad sugiere sus virtudes reproductoras. No obstante, ahora no imaginamos qué podrá surgir de tan fértil figura, cuya alba superficie se suma a su portentoso carácter arquitectónico que contrasta con una especie de tocado, sucesión infinita de formas geométricas, cilindros y prismas triangulares, que conviven con armonía.
La producción más reciente de Adriana Margáin se orienta principalmente al campo e la instalación, en el cual ha obtenido importantes reconocimientos como es el premio de la vi Bienal de Cerámica de El Cairo, Egipto. En esta época se acentúa su acercamiento al arte popular; segura y sin miedo a provocar confusiones, simplifica sus obras en cuanto a volumen y les confiere una categoría mayor en función de su acumulación y sucesiones rítmicas, como es el caso de Toda el agua que pude juntar en Puebla de los Ángeles. Campanas, platos y esferas se suceden para que observemos su delicada y refinada forma, pletórica de un virtuosismo propio del artesano, que no pierde su sentido eminentemente contemporáneo; encierra esta obra una poética particular, pus en su textura y color inevitablemente encontramos la referencia a su origen poblano, pero en su estilización alcanza la vigencia y el vigor de la obra contemporánea, cuya estética hedonista no pretende sino satisfacer nuestros sentidos.
En Remedios para la soledad y el miedo, instalación de 40 x 150 cm formada por 15 silbatos construidos a mano en terracota y quemados en reducción con leña, se exalta ese sentido preciosista que lleva a realizar bruñidas figuras de uso -silbatos- convertidas en objetos propios del chamanismo que, como su título describe, son capaces de exorcizar el vacío propio de la sociedad contemporánea. La cerámica de Adriana Margáin tiene un espíritu milenario, como sus tradiciones, y aunque no nos deja saber quién introdujo tal manera de hacer, o los temas tratados, queda claro que su producción se distingue por su belleza, su gracia y calidad. Estas características conforman un binomio indivisible en el que su obra deambula con naturalidad, conviviendo con la creación de antaño, la ancestral, mostrando cómo la obra de hoy es tan fresca y arriesgada como aquella, y es parte del arte sin fin y sin principio; el que siempre ha estado y el que siempre sorprenderá.
(Tomado del texto de Agustín Arteaga "Vertientes en la escultura cerámica contemporánea", Paris, verano de 2003.)







