Natalia Domínguez
ÉTICA DEL PLACER EN LA PINTURA DE NATALIA DOMINGUEZ
UNA AFIRMACIÓN SILENCIOSA
Un caballo pintado es el placer de pintar un caballo. Pero también es el placer singular de ejercer los símbolos, algo que la pintura contemporánea pareciera haber reemplazado por el afán de conceptualizar. Las posibilidades del concepto son infinitas, aunque la variedad en las artes visuales se halle sujeta a la devoción por la audacia y la influencia de los mercados artísticos dominantes. Las fronteras del símbolo las dibuja el ámbito íntimo de cada pintor.
El fuerte componente autobiográfico en la pintura Natalia Domínguez tiene una vertiente de exorcismo –se pinta borrando la certeza de la visión- y otra vertiente de percepción – se pinta denunciando la manera en que se mira. ¿Cómo es el espacio alrededor de una visión? ¿Cómo se representa el tiempo con sus caminos cruzados, sus emociones traslapadas? Preguntas que sobresalen en una obra donde la suma de placer y ética da como resultado una estética exacta.
Nacida en 1972, Natalia Domínguez se encontró, al momento de iniciarse en el oficio, en el tiempo de la cosecha de libertades y la aceptación garantizada de la diversidad de estilos. Su primera exposición individual, en 1992, estaba inundada por un flujo expresivo que se apropiaba del espacio y el color, distribuyendo planos y formas de manera intuitiva. Once años más tarde, en la muestra titulada Sueños , su lenguaje evoluciona hacia un nuevo equilibrio de lo afectivo y lo formal donde la nitidez de las figuras indican la decisión de afirmar: contra la saturación visual la síntesis, contra el estrépito la quietud y la sencillez contra el efectismo. De esta manera la artista parece haber adivinado que la negación de un orden anterior deja ya de ser sustentable dentro del arte contemporáneo, y que los lenguajes afirmativos tienen hoy la palabra.
El sueño de la luz
Así como cada poeta tiene su propia concepción de la música, cada pintor trabaja en torno a su interpretación de la luz. Y si el tratamiento cromático de un tema depende en gran medida de la intuición, la afectividad, la sensualidad, e incluso la genética (la paleta de Domínguez evoca en más de un sentido la naturaleza chilena), cuando se pasa al terreno de los sueños las opciones se duplican.
Al hacer ceder la lógica, el sueño convierte la pugna entre color y forma en una danza. Sin embargo, para llegar a una composición onírica convincente es necesario apegarse a un realismo mínimo , pues los sueños requieren de la realidad para entablar su juego entre la memoria, la percepción y la premonición de las formas. La realidad del color depende de la interpretación de la luz, paralelo físico a la experiencia mística. En el caso de Domínguez el abordaje del sueño es el retrato sin virtuosismos de una visión, en el sentido de lo sagrado, como un exvoto de tamaño mayor donde la fe deja fuera el artificio. El punto de vista, no obstante, siempre se halla sujeto a una solución pictórica.
La plenitud de lo plano
La etapa más reciente de Natalia Domínguez se caracteriza por una suerte de planitud. El volumen y la profundidad apenas se asoman bajo la síntesis figurativa de color y forma, que a su vez se sujeta al ideal visual. Sencillez que desconcierta, texto sin citas. Pintura que se deja ver sin aludir a sí misma.
Inocencia intacta del acto de pintar que no se engaña con falsos retornos a la infancia. Subjetividad asumida sin complejos, arbitrariedad aparente de la lógica interna. Aunque el sueño se vaya disipando conforme se acentúa la lucidez del despertar, ha dejado ya su huella imborrable, la huella del viaje a un lugar donde toda realidad es interpretativa.
El placer de pintar
Las pinturas del dolor nos muestran dulzura en el trazo. Las representaciones del misterio develan una celebración mesurada, un particular sentido del humor. En ambas la disquisición entre placer y ética pareciera un dilema resuelto de antemano. Se diría un placer desenfrenado, en el sentido en que rechaza restricciones externas, más no desbocado. Se diría un caballo en libertad que no tiene necesidad de correr. Es el goce de quien elige sin sufrir, sin perder tiempo en la duda, porque ni reprime ni magnifica el deseo. Un placer muy raro en días en que la aparente abundancia de opciones termina por despojarnos de todo anhelo. Ante la voracidad por la belleza y la abundancia grotesca de posibilidades Natalia Domínguez responde con el gesto del simple asentimiento, con la ética de una afirmación silenciosa.
Carmen Avendaño







